Índice
  1. Primera parte
  2. Segunda parte

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Libro

Ya no puedo ser salvado

Samot Itzack

Aviso de contenido

Este libro habla de depresión, ansiedad, autolesiones y suicidio, y puede ser difícil de leer. Si estás pasando por algo así, no estás solo: en Argentina podés llamar al 135 (gratuito en CABA y GBA) o al (011) 5275-1135 desde el resto del país.

© Tomás Castillo. Todos los derechos reservados.

Primera parte · Ya no puedo ser salvado

Prólogo

Este libro no es una historia con final feliz.

No es una lección, ni una búsqueda de redención. No está escrito para que me salven. Si lo estás leyendo esperando una salida, te lo advierto desde ahora: no hay escape en estas páginas.

Porque algunas personas no llegan a tiempo. Porque a veces la ayuda es solo un eco en el vacío.

Me llamaron raro. Me llamaron perdido. Me llamaron tantas cosas que terminé por creerlas. Pero al final, las palabras no importan cuando el silencio se vuelve permanente.

Este libro es lo único que dejó atrás.

Si lo encontraste, léelo. Si te hace pensar, déjalo resonar. Si alguna vez sentiste que el peso del mundo era demasiado, escucha lo que tengo para decirte.

Porque aunque yo ya no pueda ser salvado, todavía hay tiempo para vos.

01

Samot

Samot nunca fue alguien común. Desde que tenía catorce años, su sensibilidad lo hacía destacar entre los demás, como si llevara la piel demasiado fina, como si el mundo lo tocara con más fuerza de la que podía soportar. Pero en esos primeros años de secundaria, cuando conoció a Victoria, encontró algo que parecía estabilidad. Se volvieron inseparables, como si en ella existiera un refugio que no había encontrado en ningún otro lugar. Luego llegó Tyler, un chico que cargaba con cicatrices invisibles, víctima constante de la crueldad escolar. Samot no dudó en intervenir, en hacer lo que mejor sabía hacer: proteger a quienes lo necesitaban. Y así, los tres se convirtieron en los mosqueteros, en algo eterno… O eso creía Samot.

Pero la eternidad no existe. Al menos, no para los vivos.

El año siguiente trajo una herida imposible de cerrar. Su hermana mayor salió de vacaciones y nunca volvió. La muerte no envió advertencias, sólo un vacío repentino que se instaló en el pecho de Samot como una sombra. La noticia lo destrozó, lo aisló, lo convirtió en un extraño para quienes lo habían conocido. Victoria y Tyler quedaron atrás, convertidos en ecos de una vida que ya no le pertenecía.

Los meses pasaron y la oscuridad se profundizó. La segunda llamada fue la que lo rompió del todo: su abuela, que llevaba meses luchando contra el cáncer, también se fue. Dos pérdidas en un tiempo imposible de asimilar. Samot dejó de existir en el mundo, aunque su cuerpo siguiera allí. Se convirtió en un mecanismo, en alguien que solo repetía movimientos por inercia. Un fantasma antes de morir.

Las cosas que lo definían—dibujar, escribir, imaginar—fueron reemplazadas por un vacío pesado. El tiempo pasó, pero el dolor no. La depresión se hizo permanente, y con ella, la autodestrucción. La piel se convirtió en un lienzo de heridas, los pensamientos en cuchillas afiladas que repetían el mismo mantra: si desaparezco, será mejor.

Pero no desapareció. No del todo.

Años después, algo dentro de él despertó. No era exactamente esperanza, pero sí un intento de reconstrucción. Volvió a escribir, a dibujar, a llenar las calles con grafitis que llevaban sus iniciales: S.I … Algunas flores, en memoria de su hermana y su abuela, aparecieron entre los colores. Fue un regreso incierto, una batalla contra sí mismo, pero al menos era movimiento. Le tomó demasiado tiempo encontrar el valor para hablar con Victoria y Tyler. Para explicarles por qué había desaparecido sin dejar rastro. Para contarles lo que ya sabían por rumores y silencios. Su hermana. Su abuela. La depresión. La medicación. La ausencia.

Ellos también habían cambiado. Ahora estaban juntos, y aunque Samot quiso alegrarse por ellos, la distancia era inevitable. Se abrazaron, se prometieron mantenerse en contacto, pero algo dentro de él ya no esperaba un regreso real.

Las recaídas llegaron. Samot volvió a encerrarse, volvió al llanto silencioso que no intentaba esconder. Volvieron los ataques de pánico. Y cuando el dolor se hizo insoportable, sus manos buscaron las tijeras otra vez. Otra vez.

La ironía era brutal: el chico que había pasado su vida ayudando a los demás, nadie lo ayudaba. Lo miraban, lo ignoraban, lo dejaban sufrir en el vacío sin intervenir. Necesitaba alguien que le dijera que no estaba solo. Que todavía podía ser salvado.

Pero en su mente, la idea de salvación se sentía cada vez más lejana.

02

El Tiempo

El tiempo pasa y quiero escapar, pero a la vez quiero quedarme. Quiero quedarme… pero aquí no hay suelo. Aquí no hay nada. Y aún así, pesa. ¿Pesa el tiempo o pesa la presencia?

No tengo nada, pero a la vez tengo demasiado. No sé si mucho o si poco. No sé si el tiempo está avanzando o simplemente repitiéndose.

¿Mucho tiempo? Dudo que el tiempo exista aquí. Cada pensamiento es el mismo pensamiento de ayer, cada sombra es la misma sombra de antes. Pero no sé si antes fue hace un día, o hace toda una vida.

¿Escapar? Quiero que termine. Quiero escapar del encierro, pero el encierro sigue aunque no haya paredes. Estoy rodeado de gente que no está, en un espacio donde debería existir silencio. Pero el silencio nunca llega.

Y cuando se termina el tiempo, cuando ya no hay tiempo, cuando todo calla, ¿es paz… o es algo más?

03

Ansiedad

La ansiedad no es solo el miedo a ser uno mismo. Es el miedo a existir sin tener claro cómo, sin saber si está bien ser como sos o si el mundo espera que seas otra cosa. Es el miedo constante de no encajar, de que cada movimiento esté equivocado, de que todo lo que hagas sea juzgado por quienes creen conocer lo que es normal.

La gente espera cosas. Que estudies. Que tengas amigos. Que pienses en un futuro estable. Como si la vida viniera con un manual y todos tuvieran acceso menos yo. Como si no entender cómo vivir fuera una falla de fabricación en lugar de un síntoma de que algo no está bien.

Me da pánico el futuro.

A veces pienso en lo que quería ser. Hace tiempo, me imaginaba como bombero, como psicólogo infantil, como alguien que pudiera ayudar a quienes pasaron por lo mismo que yo. Pero ahora no sé si el futuro existe para mí. No sé si voy a morir mañana o si voy a estar aquí hasta los treinta.

Tengo diecinueve años y siento que ya viví demasiado. Demasiado en tan poco tiempo. Crecí sin elegirlo, acelerado por el peso de lo que me tocó vivir. Nunca disfruté la infancia como la gente cree que debería haberlo hecho. Me acuerdo de los programas de televisión, de las canciones, de los juegos, pero después de eso… No sé.

No es normal que a los trece años ya entendiera lo que era un ataque de pánico. Que viviera en un estado que nadie sabía explicar, pero que sentía como algo permanente. No es normal que con trece años entendiera el peso de la depresión como si fuera una sombra que nunca se iba.

Y ahora, casi diez años después, me sigo preguntando lo mismo.

Si mañana me muero, si simplemente dejo de respirar en la cama, sin hacer ruido, sin dramatismos… ¿Quién se daría cuenta? ¿Quién me encontraría? ¿Y quién me buscarían?

04

Liberación

No sé si esto es felicidad. No sé si es esperanza. Pero por unos minutos, por unos segundos, el peso se disuelve.

Por primera vez en mucho tiempo, no siento el vacío empujando mi pecho hacia adentro. Respiro sin dolor. No es permanente, lo sé. Pero en este instante, es suficiente.

Cierro los ojos y me concentro en lo único que me da calma. Mi cuerpo en movimiento, el choque de la pelota contra mis manos, el sonido seco del impacto en el suelo. El vóley es lo único que me saca de mi cabeza.

El dolor físico es insignificante cuando me da algo real, cuando por unos instantes me hace sentir parte de algo, presente, tangible. Las heridas en mi cuerpo son nada comparadas con las que no pueden verse, y si este movimiento es lo único que me ancla a la realidad, entonces lo acepto.

Pero, ¿cuánto dura esa paz? ¿Cuánto tiempo antes de que vuelva a recordarlo todo?

La última vez que compartí algo que me hacía bien, terminé entendiendo que no le importaba a nadie. A nadie le importa cómo te sentís. A nadie le importa lo que cargás si lo escondes bien.

Y entonces la pregunta aparece, oscura, inevitable: ¿Por qué seguimos esperando importarle a alguien?

¿Hay una forma real de saber quién te ve, quién te siente, quién realmente te necesita? La única respuesta que me viene a la mente es cruel, absoluta.

La única manera de saber a quién le importás en esta vida… es muriendo.

05

Perdido

Todos hemos perdido a alguien. A veces la muerte se los lleva, otras veces simplemente desaparecen, se alejan sin decir nada, dejando atrás un vacío que no se llena con el tiempo. Lo que nadie te dice es que también podés perderte a vos mismo.

Yo lo hice.

Un día, sin aviso, dejé de saber dónde estaba. No físicamente, sino en algo más profundo. Perdí el camino de vuelta a casa, no porque me fuera, sino porque estar ahí no significaba nada. Porque aunque estuviera, no importaba. Porque no sentirme parte de nada me hacía preguntarme si realmente existía.

El mundo sigue funcionando a mi alrededor, pero yo no. Mis pasos no dejan marca, mis palabras no tienen peso, mi cuerpo se mueve porque así lo aprendió, por memoria muscular. Soy un fantasma, aunque mi corazón todavía late.

Dicen que los fantasmas son almas que aún tienen algo pendiente, que no pueden cruzar al otro lado porque les queda algo por resolver. Yo sigo acá, atrapado en mi propia mente, sin saber qué es lo que falta. Sin saber si alguna vez hubo algo para completar.

Camino entre la gente como si ellos pertenecieran a otro mundo. No me ven, aunque estoy ahí. Soy la sombra en el tumulto, la presencia que no registra nadie. Envidio a quienes parecen tener respuestas, a quienes saben qué hacer, a quienes siguen el ritmo del resto sin esfuerzo. Yo no puedo hacerlo.

Para encontrarme, primero alguien tiene que verme. Para volver a casa, primero tengo que saber dónde estoy. Para estar bien, primero necesito aprender a pedir ayuda.

Pero pedir ayuda implica aceptar que estoy perdido. Y todavía no sé si quiero admitirlo.

06

Quiero más de ti

Quiero escribirte, pero las palabras se quiebran antes de llegar a vos.

Quiero llamarte, pero sé que la distancia entre nosotros ya no tiene retorno.

Quiero volverte a ver, pero el tiempo insiste en borrar tus huellas.

Quiero olvidarte, pero sos la herida que jamás cicatriza.

Quiero tantas cosas, pero algunas son imposibles.

Quiero aprender a vivir, pero no sé cómo hacerlo sin vos.

Quiero más de ti que de mí.

Quiero que me encuentres, aunque sé que no podés.

Quiero que me hables, aunque solo escuche ecos.

Quiero querer vivir, pero la ausencia a veces pesa más que la vida.

Quiero querer a alguien más, pero nadie ocupa el espacio que dejaste.

Quiero más de ti.

Quiero más de mí.

Quiero que sigas acá.

07

Ataque de pánico

Hace mucho tiempo que no me agarraba un ataque de pánico tan fuerte como este.

Al principio, todo fue llanto. Descontrolado, áspero, sin forma. Mi cuerpo entero se tensaba, cada respiración era un esfuerzo, un intento fallido de recuperar algo de estabilidad. La almohada recibió golpes que ni siquiera pensé en dar, como si mis manos reaccionaran antes que mi mente.

Después, llegó el grito. Hundido en la almohada, sofocado, pero desesperado. No sé si intentaba sacar algo de mí o simplemente llenar el vacío con ruido. No sirvió de nada. Solo quedó una sensación hueca, un eco atrapado en mi pecho.

Entonces el zumbido. Agudo, insoportable, imposible de describir. Como si mi cerebro se estuviera ahogando en estática, una interferencia que se volvía más fuerte hasta que todo lo demás desapareció.

Después, el temblor. Todo mi cuerpo temblaba, mis músculos ya no respondían. No podía sostenerme. No podía detenerlo. No podía pensar. Solo podía pedir, en medio del caos, que parara.

Pero la única vez en treinta minutos que realmente paró fue cuando dejé de respirar.

Me dejé caer, boca abajo, mi rostro hundido en la almohada, sin aire. Y por unos segundos—solo unos malditos segundos—todo se detuvo. El temblor. El ruido. La ansiedad.

La paz que había estado pidiendo finalmente me encontró.

Pero solo duró eso. Segundos.

Respiré otra vez y todo volvió. El peso, el dolor, la conciencia de que aún estaba aquí.

Lo único que quería hacer en ese momento era morir, porque esos instantes de calma me habían gustado demasiado. Porque por primera vez en mucho tiempo no sentía nada, y la ausencia del dolor me pareció mejor que cualquier otra opción.

Necesito volver a esa paz. Sin ruido. Sin cicatrices. Sin miedo.

08

Ayuda

Si alguien está leyendo esto y siente que la oscuridad lo está consumiendo, si está atrapado en el mismo vacío que yo… entonces quiero que escuche. No estás solo.

No quiero contarte más historias de dolor. Ya conocés el dolor. Lo sentís, lo entendés, lo llevás en el pecho cada día. Pero quiero contarte algo más.

Durante años sentí que nadie escuchaba. Grité, lloré, pedí ayuda en formas que ni siquiera sabía si eran correctas. A veces me creían, a veces me ignoraban, y a veces simplemente no estaban ahí cuando más los necesitaba.

Es tan importante tener a alguien. No importa si son tus padres, tus amigos, un profesor, alguien que te lea, alguien que te entienda. Alguien que esté ahí.

Mis padres me dieron todo lo que pudieron, lo mejor de lo mejor. Siempre estuvieron cuando mi cuerpo estaba enfermo, cuando me lastimaba, cuando necesitaba ir al doctor. Pero nunca vieron las heridas internas. Nunca preguntaron. No porque no les importara, sino porque no sabían que había algo que preguntar.

No los culpo. Nunca los culparía. Pero me hubiera gustado que supieran. Que entendieran que había algo más pasando dentro de mí. Porque aunque vivíamos bajo el mismo techo, había cosas que jamás vieron. Y cuando lo hicieron, fue demasiado tarde.

Por eso escribo esto. Por eso lo pongo en palabras.

Para desahogarme. Para intentar ayudar. Para que, si alguien lo necesita, sepa que todavía puede gritar, todavía puede pedir ayuda, todavía puede salvarse.

Si lo estás pasando mal, hablá. Decilo. Gritalo si es necesario. No te quedes en silencio. Hacete escuchar.

No guardes lo que te destruye. No dejes que el dolor sea lo único que te quede. No hagas algo estúpido.

El dolor no siempre desaparece, pero no es una sentencia. No estás solo. Y aunque no me conocés, y aunque yo no te conozco, quiero que sepas que todavía podés encontrar una salida.

No dejes que la oscuridad te consuma como me consumió a mí. Podrías terminar en algún lugar desconocido para todo el mundo.

09

Última noticia

Última noticia: Un joven de 19 años ha muerto de forma inesperada. Aunque quienes lo conocían de verdad dicen que su partida no fue tan sorpresiva como parece.

Sus palabras quedaron en el libro que escribía, donde, como si hubiera sabido que este momento llegaría, dejó pensamientos que hoy resuenan con un peso imposible de ignorar:

“Yo sé que voy a morir joven. En realidad, quiero saber quién me va a llorar si muero. Cuántas personas irían a mi funeral, si tuviera uno. Ojalá que sea verdad que, cuando te morís, puedas ver tu cuerpo desde arriba y ver por última vez a todos los que asisten. Decirles que ya estoy bien, que no me lloren, que no sufran. Que no hace falta que yo les siga siendo una molestia. Ojalá pudiera decirle a mi mamá que ya encontré a alguien que me va a cuidar. Que no se tiene que preocupar más. Y también decirles a todos que ya no podía ser salvado.”

¿Palabras fuertes? Sin duda. Pero él ya había escrito su propia despedida. Su propio testamento emocional. Y en ese mismo libro dejó un último mensaje:

“Cuídense. Cuiden a las personas que aman. Digan las dos palabras que parecen tabú: ‘Te amo.’ Es tan fácil decirlas, pero tan difícil atreverse a hacerlo, que se han convertido en una palabra prohibida para muchos. Pero díganlo las veces que más puedan. Griten si es necesario. Se los digo porque me hubiera gustado decírselo a muchas personas. A quienes perdí, a quienes dejé de hablarles, a quienes no supe despedir de la forma correcta. Esta es mi manera de decirles: ‘Las amo, donde quiera que estén. Siempre me voy a acordar de ustedes. Y siempre voy a intentar despedirme de cada persona que vea, porque puede ser la última vez.’”

Otras fuertes palabras del escritor Samot Itzack. Una persona que, por lo que se entiende, quiso más a los demás que a sí mismo.

Solo quedarán los recuerdos y los libros que escribió.

Segunda parte · No lloren por mí

10

Mi última palabra

Este demonio apareció en mi mente sin aviso. No para destruirme de golpe, sino para desgastarme lentamente. Para hacerme crecer antes de lo esperado, para convencerme de que nunca iba a vivir lo suficiente.

Desde muy chico supe que iba a morir joven. O lo creí. O lo acepté.

Y ahora que llegué a este punto, quiero saber algo. ¿Quién me va a llorar si muero? ¿Cuántas personas irían a mi funeral, si llegara a tener uno?

Ojalá sea cierto que, cuando te morís, podés ver tu cuerpo desde arriba. Quisiera mirar una última vez a quienes asistan, decirles que ya estoy bien. Que no me lloren. Que no sufran. Que ya no hace falta que me sigan viendo como una carga.

Ojalá pudiera decirle a mi mamá que encontré a alguien que me va a cuidar. Que ya no tiene que preocuparse por mí. Que ya no podía ser salvado.

Este demonio me hizo creer todo eso. Me hizo pensar que no importaba. Que molestaba. Que no merecía quedarme.

Me quitó amigos, convenciéndome de que era mejor irme antes de que ellos me abandonaran. Me hizo aprender a ignorarlo, pero mientras más lo ignoraba, más fuerte se volvía. Más débil me hacía.

Cada pensamiento hiriente, cada cicatriz invisible, cada mentira que dije cuando me preguntaban si estaba bien.

Perdí.

Perdí la pelea con el demonio. Ya no estoy acá.

Solo les queda esto. Y solo les puedo pedir una última cosa:

Cuídense. Cuiden a quienes aman. Y digan las dos palabras que a veces parecen imposibles de pronunciar:

“Te amo.”

Es tan fácil decirlas, pero tan difícil atreverse. Tan prohibidas en tantas vidas. Pero díganlas. Díganlas tantas veces como puedan. Griten, si es necesario.

Se los digo porque me hubiera gustado decirlo más. Porque me hubiera gustado despedirme como realmente quería. Porque hay personas que dejé atrás, sin decirles lo que sentía.

Esta es mi manera de hacerlo ahora.

“Las amo, donde quiera que estén. Siempre me voy a acordar de ustedes. Y siempre voy a intentar despedir a cada persona que vea, porque puede ser la última vez que me vean.”

Y aunque no quiero terminar esto con un adiós, es lo único que puedo decir.

Pero sepan que, aunque ya no esté aquí, cada vez que lean este libro, voy a estar con ustedes. Si están con amigos tomando un vino. Si están en la cama sufriendo un ataque de ansiedad. Si necesitan hablar.

Yo estoy ahí.

Siempre voy a estar ahí.

Háblenme. Porque sé lo que se siente pedir ayuda y no ser escuchado. Porque sé lo que se siente ya no poder ser salvado.