Samot nunca fue alguien común. Desde que tenía catorce años, su sensibilidad lo hacía destacar entre los demás, como si llevara la piel demasiado fina, como si el mundo lo tocara con más fuerza de la que podía soportar. Pero en esos primeros años de secundaria, cuando conoció a Victoria, encontró algo que parecía estabilidad. Se volvieron inseparables, como si en ella existiera un refugio que no había encontrado en ningún otro lugar. Luego llegó Tyler, un chico que cargaba con cicatrices invisibles, víctima constante de la crueldad escolar. Samot no dudó en intervenir, en hacer lo que mejor sabía hacer: proteger a quienes lo necesitaban. Y así, los tres se convirtieron en los mosqueteros, en algo eterno… O eso creía Samot.
Pero la eternidad no existe. Al menos, no para los vivos.
El año siguiente trajo una herida imposible de cerrar. Su hermana mayor salió de vacaciones y nunca volvió. La muerte no envió advertencias, sólo un vacío repentino que se instaló en el pecho de Samot como una sombra. La noticia lo destrozó, lo aisló, lo convirtió en un extraño para quienes lo habían conocido. Victoria y Tyler quedaron atrás, convertidos en ecos de una vida que ya no le pertenecía.
Los meses pasaron y la oscuridad se profundizó. La segunda llamada fue la que lo rompió del todo: su abuela, que llevaba meses luchando contra el cáncer, también se fue. Dos pérdidas en un tiempo imposible de asimilar. Samot dejó de existir en el mundo, aunque su cuerpo siguiera allí. Se convirtió en un mecanismo, en alguien que solo repetía movimientos por inercia. Un fantasma antes de morir.
Las cosas que lo definían—dibujar, escribir, imaginar—fueron reemplazadas por un vacío pesado. El tiempo pasó, pero el dolor no. La depresión se hizo permanente, y con ella, la autodestrucción. La piel se convirtió en un lienzo de heridas, los pensamientos en cuchillas afiladas que repetían el mismo mantra: si desaparezco, será mejor.
Pero no desapareció. No del todo.
Años después, algo dentro de él despertó. No era exactamente esperanza, pero sí un intento de reconstrucción. Volvió a escribir, a dibujar, a llenar las calles con grafitis que llevaban sus iniciales: S.I … Algunas flores, en memoria de su hermana y su abuela, aparecieron entre los colores. Fue un regreso incierto, una batalla contra sí mismo, pero al menos era movimiento. Le tomó demasiado tiempo encontrar el valor para hablar con Victoria y Tyler. Para explicarles por qué había desaparecido sin dejar rastro. Para contarles lo que ya sabían por rumores y silencios. Su hermana. Su abuela. La depresión. La medicación. La ausencia.
Ellos también habían cambiado. Ahora estaban juntos, y aunque Samot quiso alegrarse por ellos, la distancia era inevitable. Se abrazaron, se prometieron mantenerse en contacto, pero algo dentro de él ya no esperaba un regreso real.
Las recaídas llegaron. Samot volvió a encerrarse, volvió al llanto silencioso que no intentaba esconder. Volvieron los ataques de pánico. Y cuando el dolor se hizo insoportable, sus manos buscaron las tijeras otra vez. Otra vez.
La ironía era brutal: el chico que había pasado su vida ayudando a los demás, nadie lo ayudaba. Lo miraban, lo ignoraban, lo dejaban sufrir en el vacío sin intervenir. Necesitaba alguien que le dijera que no estaba solo. Que todavía podía ser salvado.
Pero en su mente, la idea de salvación se sentía cada vez más lejana.